Memoria y Envejecimiento

Excepto en la primera y corta etapa de la vida, toda nuestra relación con el entorno transitará sobre datos recuperados de cada experiencia, traídos al presente por la capacidad de evocación, una especie de asistente del que comúnmente nos quejamos al momento de no poder recordar un dato específico en una situación que lo requiere. Lo curioso del evento es que cada vez que evoca, el dato es matizado por el presente en que vive el cerebro y eso incluye al estado de ánimo, por lo que la memoria efectivamente, más que almacenar parece dedicarse a actualizar información.

Y tampoco lo recordado se almacena como el video de una cámara en la que con cada reproducción se podrá encontrar nuevos detalles. Una de las razones por las que la ciencia no logra dar cabida a la hipnosis por ejemplo, se debe a que para la persona hipnotizada no existe una evidencia clara entre lo que podría ser un recuerdo como dato real y algo fantaseado, como dato imaginado bajo el trance.

Estando consciente, mi manera particular de reaccionar al entorno, cada elección que tomo e incluso la relevancia que adjudico a cada percepción, son en gran parte resultado de un aprendizaje que requirió, la debida atención y ánimo al detalle del instante en que ocurrió la experiencia que impulsó aprender. Entonces lo que puedo recordar, hace en buena medida a quién soy.

Toda información y experiencia puede ser válida, pero mientras ejecuto alguna actividad, expreso una idea o simplemente deambulo, no me sería útil recordarlo todo y revivir cada experiencia en relación a cada evento nuevo. De no poder mezclar en buenas dosis memoria y olvido, podría meterme en ramas muy distantes del tronco y no poder retornar fácilmente al eje del pensamiento; olvidando a donde me dirigía y padeciendo confusión.

Esta especie de pedaleo entre recordar y olvidar dibuja la coherencia con la que pienso y me expreso. Y aunque lo ideal es que mantenga un ritmo adecuado a las necesidades, por lo que un niño por ejemplo, debería contar con grandes capacidades para retener información y un ánimo curioso en encontrarles sentido; un adulto maduro poder olvidar lo suficiente para  no volverse circunstancial y dar tantas vueltas para llegar al objetivo de la idea. Estos defectos pueden ocurrir y generar malestar.

Un extremo de este problema es la enfermedad de Alzheimer, conocida también como demencia senil. El deterioro progresivo del tejido cerebral va limitando funciones resultado de distintos aprendizajes, como usar los cubiertos para comer o vestirse; avanzando sobre la capacidad misma de juzgar la realidad con coherencia hasta diluir la identidad propia, en el sentido del autoconocimiento y la predictibilidad con la que se reacciona.

Por fuera de los cuadros que involucran una enfermedad específica, sostener una buena memoria requiere en cierta medida lo nutricional, sin que eso le asegure tanto un buen funcionamiento como el ejercicio permanente y uso de sus partes. En ese aspecto, el tejido cerebral se comporta como el músculo, sumando fuerza y eficiencia como respuesta a la exigencia, y adelgazándose en relación al reposo sostenido.

Existen muchos estimulantes de distintos tipos que ayudan en este ejercicio destinado a la buena memoria, pero ante la posibilidad de afectarse las etapas necesarias para asimilar y clasificar la información; la benéfica cafeína de la mañana puede ser maléfica antes de intentar dormir por ejemplo. Entonces lo requerido es un criterio adecuado, adaptado a cada persona y cada necesidad.