La producción de ideas, ese emprendimiento fabril del cerebro y uno de sus productos, razonar el momento en que el devenir se convierte en acontecer, tiene por un lado, a la gestión de todo lo percibido por el entorno y sus filtros ligados a lo atencional y por otro, al piloto, cada uno de nosotros en la supuesta misión de elegir y enfrentar ese momento. Por ello a la psicoactividad le viste mejor el verbo hacer que el verbo ser.
El momento en cuestión, ocurre en la realidad de lo sustancial, en el cuerpo que camina y desea a su manera. Y entre sus deseos puede estar, activar en lo posible, la menor cantidad de alarmas y de esa manera ahorrarle a la psicoactividad los enormes gastos en adrenalina y tensión corporal, que como describimos en todo lo dedicado a ansiedad se produce. Este deseo, implicaría reconciliar que lo planificado se aproxime tanto a la realidad, como para caminar con una red de seguridad, una especie de pacto de no agresión con el futuro mismo.
Tal acuerdo seguro exigiría, como lo intentan las empresas de seguridad industrial, de minimizar lo máximo posible el riesgo de lo intempestivo, lo fuera de previsión. Y lo hacen a fuerza de repetición y repetición de procedimientos y programación de respuesta. Y el hábito de hacer las cosas cada vez mejor, insistimos llena de dopamina y felicidad a cada uno. Pero dado que la realidad es, a diferencia de lo planificado lo que sí ocurre, podría para una persona que intenta controlar todo lo que piensa y le acontece, volverse en un tipo de conductas algo costosas para lo anímico, los rituales compulsivos.
Si no puedo olvidar que quien me dio la mano podría no habérsela lavado o me invade la duda si están las llaves donde deben estar y los interruptores apagados, también podría hacerlo, el que un partido de fútbol se perdió porque ese día llevaba puesta la ropa de mala suerte. Y con frecuencia podemos elegir a pesar del esfuerzo y la distracción, no pisar las lineas de las baldosas en la vereda y saltarlas en lo posible. Y si comprobar una vez, puede ser útil, hacerlo un número programado y suficiente de veces, como lavarse las manos más de una, o repetir un orden y en fin, todo ritual que involucre lo predictivo, podrá implementarse en el afán de no activar alarmas.
Esas alarmas de las que venimos hablando, que poniendo lo cardiovascular y metabólico en modo de respuesta al peligro, le generaban la desagradable inquietud y tensión a la conciencia, tan idéntica a sentirse enfermo, que todo lo sustancial relacionado a relajarse y tranquilizarse le invocaba el alivio. Como si la realidad conectase su lado imprevisible y por tanto valioso para el cerebro, con el saber que en su entorno, están las herramientas de su alivio y descubrirlas con uno de sus productos, el saber y la ciencia. Y lo mencionamos desde la experiencia testifical que la implementación de tratamientos para la ansiedad y sus síntomas, sostenidos por períodos, quizá algo más prolongados, generan un insospechado alivio a la aparición de impulsos e ideas obsesivas, bajando su intrusividad y la necesidad ansiosa de gestionarlas con rituales repetitivos, prolongados y costosos en adaptación y tiempo de vida.
Quizá los avances en neurobiología que parecen mostrar circuitos renuentes al olvido programado y posibles desencadenantes de la obsesividad y lo compulsivo, lleguen al punto en que modularla sea factible desde una herramienta de precisión más fina, pero al día de hoy los mejores resultados están en manos de medicamentos que trabajan para la psicoactividad. Herramientas, que al igual que las probables futuras, van a seguir requiriendo algo bastante costoso para quien desea con intensidad vivir en lo totalmente planificado, aceptar que en la realidad, la convivencia consigo mismo reside y se gestiona por un órgano llamado cerebro y no tanto por uno de sus múltiples productos, la voluntad de planificar.
