Cada centímetro del cuerpo reporta de manera permanente al cerebro lo percibido y captado de su relación con el entorno, por ello que gran parte de lo gastado por la masa encefálica está dedicado a jerarquizar y filtrar esa información para entregar a la conciencia un producto tan pulido y armónico como le sea posible. Todo este ejercicio destinado a conseguir que el sujeto en consciencia pueda elegir. Y de cada elección aprender, incorporar y no dejar de hacerse a sí mismo.
Pero ese foco o filtro propio, deberá convivir con la norma de todas las funciones de la psicoactividad, la dinámica del balance. Es así que la atención podrá experimentarse en un extremo ensimismada y ajena a objetos del entorno, como cuando nos despegamos de la actividad para encontrarnos hablando con nosotros mismos o tan dispersos en la intemperie, como el felino al que todo llama la atención, en tiempos tan breves por tener que dividirse la función en tantas partes como objetos se muevan.
Y si persistimos en sostener que la complejidad compone a lo particular y único, no podrán dos tejidos cerebrales sostener el mismo nivel de atención y en sociedad debemos convivir con personas con tendencia al ensimismamiento y otras que desde muy temprano manifiestan un nivel de foco atencional capaz de generar problemas de distracción e hiperactividad lo suficientemente específicos como para señalar el elemento de la psicoactividad y lo sustancial implicado a ser repuesto para lograr mejor adaptación a lo que el entorno demanda, sobre todo en lo académico y laboral.
Es lógico sospechar que la manera en que el foco de atención se sostiene en el tiempo requiere de una inversión para ser negligente a los demás elementos de la pintura que también emiten señales para ser observados. Así que concentrarse será el resultado de auto-premiarse y encontrar un incentivo. Adentro del mecanismo, una sustancia implicada en estas funciones es la dopamina, un neurotransmisor asociado con al efecto placentero del logro obtenido.
Si el circuito está indemne, el aprendizaje irá dibujando adaptación, pero si el circuito no puede realizarse, la atención se mantendrá dispersa y la conducta del niño mostrará impulsividad y la falta de paciencia y orden suficientes como para ir acumulando fracasos en lo educativo, que por otro lado, no parecen ser proporcionales al nivel de inteligencia y ánimo en general. Esta simple lógica quizá intenta explicar porque cuando este grupo de individuos entra en contacto con el grupo de sustancias llamada anfetaminas, distante a experimentar inquietud y exceso, manifiestan serenidad y freno, quizá porque al circuito le viene mejor, funcionar mejor.
No puedo hacer funcionar un auto con el combustible que usan los aviones y tampoco pretender una relación directa entre anfetaminas y capacidad de adaptación, porque hábito es eficiencia y no sobrecarga, nunca se construye con el exceso. Sin embargo y dado que el entorno que enfrenta el cerebro puede variar y requerir de sobre esfuerzos, como el estudiante frente a la tesis o en el otro lado, porque el circuito no sostiene con suficiente intensidad la concentración, este diagnóstico llamado TDAH tiene una kriptonita en las anfetaminas. Obviamente, prescritas desde lo personalizado, porque la herramienta funciona mejor si está ajustada para cada uno.
