Si por accidente o error acerco la mano a un objeto muy caliente, puedo evidenciar que sobre mi cerebro manda el instinto de supervivencia, al punto que no retirarla y quemarme con el objeto, requiere un cuestionable entrenamiento para doblar aquello que funciona de manera refleja, es decir automática. Hacia donde observamos con la vista, la deambulación como acto mecánico y el complejo necesario para deglutir o respirar, están llenos de ejemplos de reflejos; y es que, como lo mencionamos previamente en el tema “Motores y Combustibles”, de las actividades más primitivas, aquellas que nos relacionan con el entorno y reaccionan ante la realidad, se ocupa más la adrenalina que la serotonina, dibujando una lógica didáctica para entender la ansiedad.
Y así como lo redactamos en el tema “El botón de Adrenalina”, ante la detección de un objeto, del origen que venga, que implique un ajuste intenso a lo planificado o la incertidumbre misma, como la que nos plantea la eterna coyuntura de lo actual; lo saludable es que se activen alarmas, que gestionen las funciones corporales hacia un modo de alerta; involucrando cambios en la frecuencia respiratoria y cardíaca, en la irrigación del sistema digestivo que cede activos a la musculatura de la espalda y cuello como ejemplo. Y si prestamos atención al detalle de los efectos de esta activación y los parámetros que modifica minuto a minuto, encontraremos su relación directa con los síntomas que reportan muchas personas que acusan dolor de cabeza, gastritis, colon irritable, fibromialgia, fatiga en el pecho y un largo etcétera.
Desde tiempos inmemoriales los humanos hemos tomado del entorno toda suerte de sustancias en busca de aliviar preocupaciones y fatigas. La escena de una sujeto nervioso ingiriendo de un golpe un trago de whisky para calmarse, puede ser un ejemplo frecuente en las películas, para dibujar esa antigua relación con lo ansiolítico. Una relación en que la ciencia ha tomado parte y hoy se conoce en términos químicos, el efecto que tiene el cannabis, el alcohol, el tabaco y miles de sustancias más, incluidas aquellas que de manera eficiente y segura, sirven específicamente como medicamentos ansiolíticos.
Modulando las alarmas se combaten los síntomas de la ansiedad de manera tan eficiente como quizá paliativa, pues luego del metabolismo del ansiolítico, poco habrá cambiado y por ello, salvo excepciones, lo habitual es que se requiera de un incremento de disponibilidad de serotonina, preciada hormona cerebral, relacionada a la calma y tranquilidad. Esta sustancia no puede ser inyectada ni ingerida y lo más cercano a gestionar sus incrementos son un grupo de medicamentos que a cambio de ser nada tóxicos y altamente eficientes requieren de la paciencia de un efecto paulatino en el plazo de un par de semanas.
Por supuesto, las herramientas están a disposición de la faena y no intentan sustituirla, por lo que una persona que padece ansiedad, se beneficiará a largo plazo de un cambio de hábitos que incluya las más saludables formas de gestionar la psicoactividad y eso puede incluir toda clase de terapias, dietas y actividades físicas o mentales; pero que existan formas de acortar los plazos y facilitar la adaptación en el proceso de establecer mejores hábitos, es quizá más valorado por quien experimenta en el propio cuerpo, de los síntomas incómodos y preocupantes de la ansiedad, sin contar con lo costoso y sinuoso que suele ser perseguir con exámenes y consultas variadas a síntomas tan inespecíficos y subjetivos. Finalmente, que el sujeto pueda planificar con las distancias que la realidad y su incertidumbre proponen, modulando mejor las alarmas y sin la desgastante fatiga, valen mucho la pena el intento de tratarlas, que dicho de otra manera es aprender de sí mismo y adaptarse, cambiar para bien.
