Un concepto ampliamente difundido desde variadas vertientes consiste en lo infinitamente complejo del sistema nervioso; sus elementos, componentes microscópicos especializados ceden protagonismo diariamente a lo que parece aún más amplio y complejo, la forma en que se conectan, su “conexoma” y obviamente, la relación con cada cosa que produce la mente del organismo al que corresponde.
Y si el cuerpo está lleno de huellas de la evolución, también el sistema nervioso. Con observarlo atentamente, podemos concluir que no es el resultado del diseño original de un arquitecto, no como un producto terminado como lo sería una tablet o un teléfono celular, sino más bien, un ordenamiento evolutivo resultado de una adaptación permanente.
Si se tratase de un edificio, seguramente el primer piso se vería rústico y primitivo, con muebles de madera y objetos rudimentarios; ascender en el, nos permitiría ver la lenta pero continua transición hasta el piso mas alto, un espacio probablemente minimalista con todo operado por voz o sensores de movimiento y muebles futuristas. Al microscopio, las partes más nuevas del tejido cerebral contienen una proporción distinta entre células y cables que las conectan que las partes mas antiguas por ejemplo.
Eso sí, ninguna parte está de más y en el edificio todo funciona. No podría sostenerse la alta tecnología del penthouse sin la dinámica del lobby y viceversa. Quizá en la fachada, como en la auto-percepción sucede, la identidad parezca una unidad, homogénea y sólida; cuando en realidad, es mas bien y en cada instante, el resultado de una interacción permanente entre sus diferentes partes, las primitivas y las actuales.
