Aunque no se parezcan en apariencia, podemos intentar una grosera comparación del cerebro con un motor de combustión, cuya acción de sus partes depende de la integridad del mecanismo y el aporte energético del combustible, aquello que lo alimenta.
El cerebro no solo se ha provisto del lugar privilegiado del cuerpo y una fuerte coraza protectora con ventanas para ver la realidad, sino que además se alimenta de lo mejor del metabolismo, a diferencia del músculo y vísceras en general. Aún así, es verdad literal aquello de “Uno es lo que come”
Pero en lo profundo de sus cables, donde pequeños impulsos eléctricos terminan, se requiere la concentración de unas sustancias químicas para que el motor funcione y está probado que de los cambios de concentración de esos combustibles, surge una inmensa galería de estados mentales posibles, como una especie de ecualizador químico.
La parte más primitiva del cerebro, de rápido reflejo y a cargo de lo grosero y mecánico del cuerpo, usa Adrenalina: lábil y sencilla, pero directamente relacionada a acción y velocidad. La parte más nueva y racional, que integra y procesa con menos apuro, usa Serotonina: una ultra-purificada molécula, difícil de encontrar en algún texto separada de los conceptos calma y felicidad.
