Un principio que por razones lógicas parece regir el orden de las respuestas del cerebro al entorno, dicta que cuanto más inminente el cambio que genera una señal de alerta y quizá peligro proveniente del exterior, más rápida y refleja será la respuesta.
Los reflejos del sistema nervioso, esos que el médico evalúa dando golpecitos en la rodilla y otras coyunturas del cuerpo con un pequeño martillo, son resultado de redes nerviosas, sencillas y rápidas que funcionan de manera automática o por lo menos lejanas a nuestro control voluntario y permiten al caminar por ejemplo, determinar la fuerza de cada paso como un reflejo a la percepción de la superficie en que se camina.
Entonces, mi conciencia o estado de alerta, no me reporta la totalidad de lo que percibo, ni soy del todo consciente de cada cosa que hace mi cuerpo. Lo instintivo tiene que ver con ese tipo de programación. Un olor que aún no puedo identificar, puede erizarme la piel sin que lo haya decidido o mandado así.
Y para cuando la percepción sugiere peligro, cabe imaginarse un enorme botón rojo, palanca o señal de alarma, que activada genere una cadena de reflejos, ajenos al estado de conciencia y por tanto involuntarios, libres de intentar la mejor respuesta posible ante la alarma, sin la autorización o permiso del teórico propietario de ese cuerpo, cada uno de nosotros.
