Ansiedad y Pánico

Si persistimos en mirar la psicoactividad como función del cerebro, podemos intuir que la conciencia percibe un volumen de entorno, resultado de un filtrado asociado a la necesidad de atención que requiere en ese momento moverse en el y que esta suerte de ajuste personalizado o ecualización propia, no puede ser una constante, como no lo es la realidad. Y ya teníamos claro que de aquello que requiere reacción y supervivencia se encarga la sección más primitiva y refleja del sistema, con sus alarmas mediadas por adrenalina, el combustible de lo involuntario. Y en algún sitio de su estructura y reservado para situaciones que requieran la mayor alarma posible un botón enorme y rojo, uno de pánico.

En el tema “El Tigre”, puesto en este blog, detallamos las reacciones que se desencadenan en el cuerpo a partir de la liberación de adrenalina correspondiente, a una emergencia del orden de escapar de un tigre y al repasarla podemos entender, que se trata del mejor intento posible de agudeza mental y agilidad física, al costo de cambiar los parámetros en la consola de la conciencia y generar para el piloto, es decir cada uno de nosotros, una experiencia demasiado intensa.

Mayor glucosa liberada por el hígado, un incremento de la frecuencia cardíaca y la respiratoria, movilización del volumen sanguíneo del abdomen y su vísceras a toda la musculatura de la espalda, brazos y piernas; dilatación de pupilas y sudoración fría para regular la temperatura de la máquina, todos y cada uno de ellos, en su medida propia, son la combinación para un ataque de pánico, si acaso la activación de la alarma no fue resultado de tener que realmente escapar de un tigre en las espaldas.

El evento no siempre llega hasta la emergencia, pero para quien lo padece se trata de eso, de la percepción que algo urgente le ocurre en el cuerpo y que la sensación de falta de aire y ahogo, los mareos y la tensión muscular en el cuello, además de un indescriptible estado de agudeza al entorno, no pueden ser nada leves y tal cual de esa manera, seguramente se presentan los infartos, los derrames cerebrales y todo tipo de males abruptos. Y a pesar de lo intenso del evento, una vez identificado por el personal de urgencias, suele requerir de algún sedante, unos segundos respirando en una bolsa y ojalá cada vez menos, la incomprensión de ajenos que lo ven como un llamado de atención, voluntario y merecedor de algún exceso, sobre todo si el turno de urgencias está agotado de una larga jornada.

Tratar las crisis de pánico y evitar que ocurran, es altamente factible y no requiere de grandes inversiones ni interminables sesiones, solo de generar la modulación correcta de las alarmas mediadas por adrenalina y hacerlo sostenible con la ayuda de mejores volúmenes de serotonina, esto con la responsabilidad en que insistimos; de manera personalizada y con un profesional calificado en frente. 

Lo frecuente para cuando llega este momento es que la persona traiga un historial de exámenes médicos de imagen y pruebas sanguíneas, con ecografías, tomografías y endoscopias que habitualmente derivan en ataques al conocido y difundido Helycobacter. Todo esto, no diagnostica otra cosa que lo requerido para padecer de intensas crisis de pánico, que la corporalidad tenga la salud necesaria para intentar escapar de un tigre o padecer, si la ansiedad no está tratada, del disparo involuntario de su alarma y la experiencia consecuente, un estado tan desagradable como abrupto, al que la buena voluntad del entorno pidiéndole que tranquilice y ponga de su parte, no le sirve ni le ayuda y demorar tratar el problema de base, la ansiedad, solo prolonga el miedo discapacitante a padecerlas.