Depresión

No debe existir algo más subjetivo que el reporte anímico y medirlo tiene por complejo intentar poner en números la resultante del buen funcionamiento de toda la máquina llamada cerebro, cuyas revoluciones por minuto, no solo se manifiestan en la indemnidad de los reflejos sino también en funciones de percepción consciente, como la memoria a largo plazo, la planificación y la capacidad de disfrutar, el placer.

En un material anterior, pusimos como ejemplo el que una persona esté en el medio de un monte y su cerebro capte la presencia de un tigre, al cual reaccionaría poniendo en activo una gigante alarma mediada por adrenalina que movilizando pulso, respiraciones, nivel de glucosa, tensión muscular y hasta palidez, intentaba el mejor esfuerzo posible para correr y escapar del felino, sin perjuicio del enorme gasto que el intento requiera. 

Y por ello, se comprende que si tal encuentro se repite e incrementa en frecuencia, el paso siguiente en el orden de la supervivencia consiste, en reajustar los presupuestos de neurotransmisión, a fin de lograr el aislamiento y ahorro, para estar menos expuesto al entorno. Clínicamente, la persona duerme y se alimenta diferente, disminuye memoria, planificación, padece aislamiento social y sobre todo, ha dejado de disfrutar la realidad como antes. Eso es depresión.

Sea resultante de la acumulación de ansiedad y por tanto un agotamiento de recursos o el efecto directo de una enfermedad en otro órgano o un mal funcionamiento del cerebro mismo y sin responsabilidad alguna para quien la padece, identificar y aconsejarse unos a otros no tiene el mismo peso que devolverle recursos al órgano que los requiere y es curioso que el concepto asociado a las vitaminas no haya incorporado desde el principio sustancias como la serotonina, cuyo rol como combustible de las funciones anímicas del cerebro tiene toda la evidencia encima.

Quizá porque lograr incrementos en esta hormona de la felicidad, involucre cambios de hábitos y autoconocimiento, actividad física y hasta dietas saludables; todos benéficos sin excepción, pero distantes a una persona que padeciendo depresión y por agotamiento, va en sentido contrario, dejando ingresar ideas de perder la vida y hasta formas de provocarlo, ideas suicidas. 

Lo ético y lo útil, es entonces tratar la depresión con lo que funciona, la medicina y sus herramientas, porque el cerebro es lo que es, un órgano como todos los demás, incluido el derecho a padecer de dificultades y enfermedades de todo tipo, incluidas las heredadas, porque también lo genético se manifiesta en cada rincón del cuerpo. Y porque en su afán de evolucionar y sobran pruebas de sus logros, el cerebro no dejará de intentar hacer hábito y eficiencia allí donde la intemperie esté llena de incertidumbre y por ello muchas de las personas que padecen depresión, son contrario al estigma, personas inteligentes, pro-activas, grandes planificadores y en otros momentos acostumbrados a disfrutar el acontecer.